Recetas y libertades
Imaginemos que vamos a casa de nuestra abuela y nos enseña a cocinar una tortilla de patatas. Ella estará contenta de explicarnos ingredientes y pasos para que nos salga de rechupete. Pero podría ser que, un día, no tengamos patatas o prefiramos hacerla de otra cosa. Sin duda alguna, nuestra abuela no se enfadará al saber que hemos cambiado un ingrediente por otro. Y más que enfadarse, seguro que se pondría contenta si sabe que hemos compartido su receta con otras personas.
Por el contrario, si vamos a un restaurante y le pedimos una receta al cocinero es muy probable que no quiera compartírnosla para tener la exclusividad y evitar que repliquemos esa receta o montemos un restaurante que le haga la competencia. En términos de software libre, la receta del restaurante sería privativa y la de la abuela sería libre. En el restaurante nos comemos el plato pero no podemos entrar a la cocina para ver cómo se hace. Y lo mismo sucede con el software privativo, programas informáticos en los que tenemos que confiar a ciegas, como un acto de fe religioso cuando son ciencias exactas.
El software libre, como la receta de la abuela, nos permite saber cómo está hecho y si hace lo que realmente se dice que hace. Quizás alguien no sepa leer el código de un programa pero siempre puede preguntar a alguien que sí sepa hacerlo. Es importante dar la posibilidad de estudiar el programa para poder adaptarlo a nuestras necesidades pero también es crucial permitir que pueda compartirse. Por eso, las cuatro libertades del software tratan de usar, estudiar, modificar y distribuir. Un software libre puede ser auditado porque se pone a disposición en una forja de código pública. Y, además, lleva una licencia de uso explícita para garantizar esas cuatro libertades.
Por este tipo de prácticas de colaboración y transparencia, es sumamente importante que entidades y proyectos con valores sociales usen software libre por defecto.
Un programa es software libre si garantiza a las personas que lo usan cuatro libertades esenciales 12 :
La libertad de ejecutar el programa como se desee, con cualquier propósito (libertad 0).
La libertad de estudiar cómo funciona el programa, y cambiarlo para que haga lo que se desee (libertad 1). El acceso al código fuente es una condición necesaria para ello.
La libertad de redistribuir copias para ayudar a otros (libertad 2).
La libertad de distribuir copias de sus versiones modificadas a terceros (libertad 3). Esto le permite ofrecer a toda la comunidad la oportunidad de beneficiarse de las modificaciones. El acceso al código fuente es una condición necesaria para ello.
Un software libre suele ser gratuito pero no todo el software gratuito es libre. Y si bien las personas y proyectos que lo desarrollan ponen el código fuente a disposición de quien lo quiera usar, hay programas que requieren destreza técnica en su implentación y mantenimiento. Y eso ya requiere ciertos recursos: pagar un servidor, un dominio, que haya personas responsables que lo instalen y lo actualicen o mitiguen ataques y caídas, que se haga un buen uso de esa herramienta y no un abuso.
Lo importante es que si hablamos de software también tenemos que contemplar el hardware y la gestión humana. La dimensión digital es compleja pero todo es empezar y, como veremos más adelante, también hay personas y proyectos que, bajo un paradigma de cultura libre, ofrecen servicios digitales convivenciales.
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