Capitalismo cognitivo

Hoy día vivimos una realidad híbrida entre lo físico y lo virtual, entre el aquí y el ahora. La digi­talización se ha instalado en nuestras vidas y, en poco tiempo, nos hemos vuelto dependientes de esa virtualidad que alimenta y complementa nuestra existencia. Y por eso es tan importante saber si estamos usando tecnologías digitales o, por el contrario, son esas tecnologías digitales las que nos están usando.

El capitalismo cognitivo es un modelo de negocio basado en la atención de las personas, en su tiempo de cerebro disponible. Antes era muy fácil saber si algo era gratis, simplemente no se pagaba con dinero. Pero hoy, además de dinero (euros, dólares, etc.) hay otro tipo de moneda: la atención humana. Por eso, según qué empresas, diseñan herramientas adictivas expresamente, para que estemos el máximo de tiempo usándolas. Con nuestros clics perfi­lan información que luego venden a anun­ciantes. Y por eso el capitalismo cognitivo depende de un modelo publicitario que deshumaniza a las personas para sacar rédito económico.

Un caso flagrante de capitalismo cognitivo en occidente son las llamadas GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) 2. Estas empresas, que se han convertido en las más ricas del mundo en pocos años, se dedican a acumular datos de las personas que usan sus servicios. Algunas los dan de forma pseudogratuita: no cuestan dinero pero la empresa usa nuestra información para seguir enriqueciéndose con nuestra dependencia.

Una práctica habitual de estas empresas es dar servicios inicialmente gratuitos, dejar pasar un tiempo para que las personas se acostumbren a ellos y, luego, cobrarles por esos servicios. Por eso, algunas permiten el pirateo de sus herramientas, porque si te acostumbras y luego no lo puedes tener, acabarás pagándolo. La atención, el tiempo dedicado a aprender esa herramienta es lo más valioso. A más tiempo dedicado, más dependencia.

Otra problemática del contexto digital bajo el paradigma del capitalismo cognitivo es la educación clientelar 3. Tene­mos un sistema educativo que publicita marcas en vez de enseñar funciones o aportar una visión crítica y plástica de las tecnologías digitales. En lugar de un documento de texto, se nos pide un "word", para una presentación, un "power point", y a todas las hojas de cálculo se les llama "excel". En literatura, este recurso es un tipo de metonimia que substituye la marca por el producto. Y a nivel educativo es contraproducente porque limita el uso de tecnologías digitales a ciertas empresas que se alejan de los valores que se quieren promover.

A nadie se le ocurre dejar los comedores escolares a cargo de McDonalds pero en términos de digitalización se baja la guardia por desconocimiento, por inercia y, sobre todo, por incom­petencia o corrupción de las admi­nistraciones. Afortuna­damente, en algunas regiones europeas de Ale­mania, Dina­marca, Francia y Países Bajos ya están tomando medidas para revertir la situación y desparasitar el sistema educativo.

Otra problemática son los grupos de presión que se instalan en Bruselas. Las GAFAM dedican muchísimo tiempo y dinero a descafeinar leyes, a escaquearse de im­puestos o multas. Estas empresas, todas norteamericanas, tienen representantes en nómina que asisten a reuniones y aprovechan para defender sus quehaceres en Europa.

Según datos estadísticos 4, entre 2014 y 2018, las GAFAM participaron en decenas de reuniones con la Comisión Europea e invirtieron millones de euros para posibilitar esos grupos de presión e influir en políticas europeas.

Siguiente: Literatura tecnocatastrofista
Anterior: Una nueva dimensión
Volver al índice general